Por: Irene Velasco
Vuelvo de una ciudad en la que las voces de los seres humanos se confunden con los colores de gatos que vuelan por las calles.
Una ciudad en la que el mar escupe amoroso, una ciudad en la que los balcones esperan inquietos y paseándose por las rendijas de los ventanales, un sol que con sus rayos generosos, los provea del encanto que atrapa a los amantes y los desamados, a sentarse en una mecedora y observarlos revolotear y transportar pedazos de poetas del siglo inmigrante.
Me siento una y ahora me quiero desarmar, quiero bailar con la matriz, quiero que del vientre salga todo lo que quiera salir.
Quiero bailarme y bailar ahora.
Preciso de una mujer de líneas tiernas y ojos verdes que se quedan dormidos sin estar despiertos, y son desafiados por los labios paticas de gato Alejandrino, un rostro que revela una imperfección hermosa de la naturaleza, pues el hemisferio superior vive en el letargo propio de las horas dispuse de una experiencia con marihuana, y el hemisferio inferior, reza actividad y creación, parto de emociones.
Encuentro un hombre con ojos que bailan flamenco, salidos de sus cuencas sobre hojas que no son sólo papel, corren sobre palabras sueltas y encuentran sus acompañantes perfectas, después no vuelven al rostro. Desorbitan la superficie entera, ya no hacen parte del sistema solar. Son sólo cupidos de letras.
Y contradiciendo los cupidos antes formulados, tienen su pareja, son dos.
Recuerdo un hombre que es música en off.
Es un cabello autopista de inspiración, la cabeza se abre en la mitad para recibir a los personajes que ayudarán a poblar el mundo del que ya somos parte, y en el que todos los días arrojamos más perdices para vivir felices.
Y como media naranja no es suficiente, me acompaña una naranja y media, una amiga de alma que encuentra sus cejas jaladas por personajes constructores de alas que decidieron instalarlas en el rostro, y que algún día no muy lejano, darán la puntada final a su ópera prima y rodarán un video en sitio, eterno.
Quiero con ustedes recordar lo que seguramente alguna vez fue planteado y por supuesto dar lugar a la función de la sociedad silencio, que sin hacer alarde de sus integrantes por si sola encontrará su función escondida tras la ciudad real y las cabezas que continúan y se copian entre ellas los movimientos repetitivos de una o mil vidas sin arte que las direcciones hacia el resplandor de la memoria viva, sin embargo también bailan, no se enteran. Llamemos conciencia y dejemos un ligar para que aterrice, y encuentre a quienes la guiarán entre el baile melancólico de una ciudad a despertar.
Antedelantismo ciudadélico es movimiento, pero que no sea un movimiento, ya el surrealismo, dadaísmo y movimientos similares son parásitos y no se mueven más, que triste, ¡no bailan!
Antedelantismo ciudadélico comienza a vibrar.
Siempreviva Pompeya.
lunes, 26 de marzo de 2007
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